La soledad de quien no desea hablar...
(...) Si fuese a ver a un médico tendría que ser el mas humilde, el más pobre, el más sabio. Me sentaría en la sala de espera, entre los vagabundos y las prostitutas, y encontraría en sus miradas el bálsamo para mis heridas.
Aunque se me ocurre una idea mejor. Puesto que los veterinarios cuidan tanto a los colibríes como a los elefantes, ¡por qué no habrían de cuidar a un hombre? Iré al veterinario mas cercano, me sentaré entre una gata estéril y un loro legañoso, y, cuando llegue mi turno, le suplicaré de rodillas si hace falta, que no me niegue los cuidados que prodiga a nuestros hermanos inferiores. Insistiré tanto que tendrá que tratarme como a un conejillo de Indias o a un lulú dE Pomerania. A falta de calor humano, encontraré calor animal, y por lo tanto, el veterinario no tratará de hacerme hablar. (...)
Frag pag 150 de la novela de Michel Tournier, El rey de los alisos.

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